A cien años de El tema de nuestro tiempo/Guillermo Sira


 

La comprensión del mundo es mucho más amplia 
que la comprensión occidental del mundo... 
Boaventura de Sousa

 

       Siempre son interesantes las comparaciones. Comparemos lo que José Ortega y Gasset consideraba como el tema de nuestro tiempo en la Europa de 1923, y lo que puede significar esa frase un siglo después, en un ámbito ya más global.

       Sostenía ese autor para entonces que había sobre la mesa un dilema de orden político que reducía las opciones de su generación a dos únicos destinos: el liberal y el reaccionario. A este dilema lo catalogó de anticuado y no dudó en asegurar que lo que estaba planteado era precisamente deslastrarse de ese desfasado dilema. La razón descubierta por Sócrates, renacida y actualizada por Descartes y otros, despojó de sensibilidad vital a la historia y subordinó la vida a las creaciones perfectas del intelecto, o sea, a la cultura. Separó el pensar del sentir y creó un mundo geométrico, exacto. Había aquí un déficit de vida, o más bien una separación de ella en el afán de afianzar la verdad. El absolutismo racionalista nulificó la vida para salvar la razón. Ortega también elaboró un concepto singular de lo que son las generaciones: cuerpos sociales íntegros, poseedores de sus minorías selectas y sus muchedumbres, curiosamente no separadas por diferencias sino unidas por un compromiso dinámico. Inquietas, de aguda percepción, partidarias del cambio, las primeras; conformistas, conservadoras, las segundas. Asimismo las clasificó en cumulativas, aquellas que aceptan sin remilgos el legado recibido, polémicas y de combate aquellas que decidían buscar nuevos derroteros.

       Emitió entonces Ortega este diagnóstico hace cien años: "... En toda Europa, pero muy especialmente en España, es la actual una de esas generaciones A cien años de El tema de nuestro tiempo. Pocas veces han vivido los hombres menos en claro consigo mismos, y acaso nunca ha soportado la humanidad tan dócilmente formas que no le son afines, supervivencias de las generaciones que no responden a su latido íntimo. De aquí el comienzo de apatía, tan característico de nuestro tiempo; por ejemplo, en política y en arte. Nuestras instituciones, como nuestros espectáculos, son residuos anquilosados de otra edad. No hemos sabido romper resueltamente con esas desvirtuadas concreciones del pasado, ni tenemos posibilidad de adecuarnos a ellas."

       Cien años después estamos frente a un dilema similar: el de derechas e izquierdas; siempre de la mano del paradigma racional -que en un siglo se consolidó y ganó tanto terreno completamente de espaldas a la vida- quedó trazada una ruta existencial basada en el desarrollo y el crecimiento ilimitado que arropó al conjunto de los países del mundo, incluído el mundo oriental, que tanto se adaptó al modelo desarrollista que hoy casi lidera la carrera económica global. El paradigma actual sigue adolesciendo de sensibilidad vital, aferrado al cliché binario de izquierdas y derechas, y ha encerrado a la humanidad en una jaula ideológica envuelta en una niebla tejida por el desarrollo tecnológico de una centuria. Es la niebla que emana de las pantallas de variada índole que coparon los espacios y las mentes de esta generación. Situándonos en el enfoque de Ortega en 1923, hoy el problema es más complejo porque hay un control férreo sobre las muchedumbres; y aunque ésta pudiera ser una generación polémica, los mecanismos de control social funcionan sin tregua y contienen con eficacia cualquier desborde. La muchedumbre de la generación actual, siguiendo el mismo enfoque, sigue anclada al falso dilema -izquierda, derecha- que fue el legado de generaciones anteriores.

       Al día de hoy la racionalidad económica ha arropado toda la dinámica social dominada por un sistema corporativo que acumula brutalmente lo que pudiera ser una riqueza mundial repartida. Para el caso de los pueblos empobrecidos por ellas, la vida también quedó nulificada y reducida sólo a la aspiración de superar un supuesto estadio económico acuñado por Truman en 1949, el subdesarrollo. Alrededor de este término se tejió un complejo de inferioridad que acompaña aún al concierto de países a quienes llaman (y ellos también se siguen creyendo) en desarrollo, atizados por el paradigma economicista.

     Con este marco filosófico quiero introducir la siguiente aseveración: la minoría de la actual generación sin entrar aún plenamente en escena, ha podido escalar hasta una planicie más elevada y virgen desde donde está visualizando sendas impensadas por la razón occidental. Sus planteamientos y acciones están apenas empezando a ser percibidos en medio de la bruma de los dogmas heredados, de teorías totalizantes y envolventes, de la industria del entretenimiento, por esa mayoría afincada en el dilema anticuado por superar. Es solo un asomo, una herejía desafiante para los rígidos sistemas científicos de interpretación, casi bicentenarios. Esta minoría está brotando de las tierras arrasadas por el colonialismo, del mundo patriarcal que subyugó todo lo femenino (incluida una mujer mentada naturaleza). Se expresa a través de voces que fueron acalladas por la violencia colonial y que tuvieron que guardar silencio para escapar del exterminio justificado por la razón occidental. De colectivos segregados históricamente por razones raciales, de género, etc.

       ¿Qué tiempo pasará para que la mayoría tradicionalista comprenda el planteamiento de la minoría, con claridad, para hacer causa común con ella?

       ¿Será un evento ambiental de gran envergadura el detonante para que la minoría y la muchedumbre de la actual generación se sincronicen en acciones de sobrevivencia?

       ¿Llegará la humanidad, en un momento crucial, a verse como una familia que vive en una misma casa y respira un mismo aire, junto a sus hermanos ríos, bosques y animales?

       Es normal que el tradicionalismo tache estas primeras manifestaciones de un nuevo pensamiento como atrasadas e inválidas, cuando no pasan por el tamiz científico-académico que determina la calidad de la verdad. Seguirá siendo visto por un tiempo como cosa de indios igualados. Pero es un hecho que hasta ahora ellos han logrado dibujar un dilema alternativo: el arriba y el abajo. El nuevo dilema desvela un arriba donde se ubican prácticas basadas en colocar la vida al servicio de la cultura occidental, con sus valores patriarcales insensibles al sentir vital, aferrados a una razón económica que ha llevado al límite el equilibrio ecológico. Y también descubre y promueve en el abajo, con la muchedumbre, los pueblos empobrecidos, prácticas inéditas de lucha y resistencia que dignifican la vida y reconcilian al ser humano con el resto de la naturaleza herida por él.

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