El carnet del silencio/ Alonso Moleiro

La mascarilla ha desembarcado con la pandemia para escamotearle espacios a la política.
Es un certificado estampado en el rostro sobre los cambios obligados que ahora rigen en nuestras vidas.  Con su presencia, la pandemia, y su recadero natural, el tapabocas,  le abona el terreno a los objetivos de la dictadura. Es la hora de la resignación. La hora de los reportes de contagio desde Miraflores. La mascarilla es un agente del status quo. Ha venido a disolver la calle, a disipar el diagnóstico, a imponernos una orden de silencio, a impedirnos pensar. Ha venido a restarle espacios a la oratoria y el civismo.  Quiere recordarnos que las cosas siempre pueden estar peor.  El tapabocas ha secuestrado nuestro drama personal y nuestros puntos de vista.  Con la mascarilla se acabaron las conversaciones urbanas y las concentraciones públicas.  Hemos decidido guardar nuestro tormento, recoger nuestro cariño, desconfiar de las personas.  Hoy hemos decidido esperar por mejores días, evitando el contagio con una mascarilla puesta. Hemos decidido escondernos.  Están prohibidos los besos, las caricias y el afecto.   La mascarilla es, hoy,  un vale, una cédula, una cláusula personal, una carta de presentación. El nuevo bozal de la especie humana. Sin ella, sin su dimensión censora, sin su asfixiante presencia, sin su aspecto uniforme,  ahora no podríamos ser aceptados El tapabocas, que al cabo tampoco no nos preserva necesariamente del contagio,  es nuestro salvoconducto para socializar en soledad.

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