Más allá de ideologías, un modelo de desarrollo extractivista y agropecuario similar. Amazonia, La naturaleza se quema y la política se agota/ Eduardo Gudynas
Cuando las llamas están activas, el humo inunda todo, es peligroso transitar los caminos por la poca visibilidad, hay momentos en los que cuesta respirar, la garganta se inflama y los ojos lagrimean. Cuando las llamas se apagan, el ocre y el gris dominan las escenas. Aquí y allá siguen erguidos los restos de algunos árboles, mientras que en el suelo, entre las cenizas, aparecen de tanto en tanto los cadáveres calcinados de animales que no pudieron escapar.
Esta destrucción de
la fauna y la flora es lo que está repitiéndose en estos días en América del
Sur. Si bien la prensa convencional insiste con los titulares sobre la Amazonia
y sobre Brasil, la realidad es más compleja, y también más hiriente.
En efecto, este tipo
de incendios está ocurriendo en estos momentos en por lo menos cuatro países
sudamericanos; además de Brasil, afectan a Bolivia, Perú y Paraguay. A su vez,
se están quemando selvas tropicales húmedas, la Amazonia, pero lo mismo está
sucediendo con los bosques secos y sabanas arboladas, como la Chiquitanía en
Bolivia o el Cerrado brasileño.
En los datos más
recientes, el número de incendios en Brasil superó los 82 mil focos (al 26 de
agosto), la cifra más alta desde 2010, y casi el doble de lo registrado en
estas mismas fechas en el año anterior. En Bolivia son más de 19 mil focos (el
doble que en 2018), en Paraguay más de 10 mil (manteniéndose en valores
semejantes al año anterior), y en Perú más de 6 mil (un poco más del doble).
Todas las grandes
regiones ecológicas del trópico y subtrópico sudamericano están afectadas por
los incendios. Por ejemplo, en Brasil, aproximadamente la mitad de los focos se
ubican en la Amazonia, pero casi un tercio ocurren en el Cerrado, y un 10 por
ciento en los bosques atlánticos. Bolivia en estos momentos vive el drama de
ver cómo enormes áreas de bosques secos e incluso su Pantanal están siendo
devorados por las llamas (las pérdidas al día de hoy se estiman en 1,5 millones
de hectáreas). Por lo tanto, pensar que solamente está ardiendo la Amazonia
brasileña es una simplificación. Las pérdidas ecológicas en todos esos
ambientes son enormes. Por ejemplo, el bosque seco de la Chiquitanía es único
en su tipo en todo el continente, y se estima que más de 750 mil hectáreas ya
se quemaron.
El chaqueo de ayer y la deforestación de hoy
La quema de bosques o
campos, el llamado “chaqueo” en algunos sitios, ha sido una práctica
tradicional realizada especialmente por pequeños campesinos e indígenas.
Afectaba a pequeñas superficies en tanto estaba directamente vinculada al
autoconsumo de alimentos o por limitaciones tecnológicas. Todo eso ha cambiado
en las últimas décadas a medida que han llegado a las áreas tropicales y
subtropicales todo tipo de colonos y empresas. Los incendios de hoy nada tienen
que ver con aquellos del pasado.
En la actualidad se
deforestan y queman amplias zonas, casi siempre con el propósito de liberar
espacio para la ganadería extensiva, aunque en otros sitios es para la
agricultura. Para hacerlo a esa mayor escala se necesitan importantes recursos
materiales, como motosierras y maquinaria pesada, y mucho capital para
financiar una ingeniería de trámites legales o ilegales, formales o amparados
en la corrupción. Detrás de esto no están ni los indígenas ni los pequeños agricultores.
Esa presión ganadera
puede ser brutal. Por ejemplo, en la zona de San Félix de Xingú (estado de
Pará), se concentra un rodeo vacuno de más de 2 millones de cabezas. Factores
como esos empujan a la agropecuaria convencional a las áreas naturales tropicales
y subtropicales.
A su vez, la
diseminación de los monocultivos, especialmente de la soja, en otras zonas de
Brasil, pero también en Bolivia y Paraguay, hace que los ganaderos se desplacen
hacia nuevas áreas a deforestar. Todo esto genera un enorme arco de
deforestación amazónica que atraviesa América del Sur, desde la costa atlántica
brasileña hasta las faldas de los Andes en Bolivia y Perú. Es una franja de
casi 3 mil quilómetros de largo; una distancia similar a la que separa Madrid
de Varsovia.
Bolsonarización para militarizar la Amazonia
Esta problemática se
ha agravado notablemente bajo el gobierno de Jair Bolsonaro. Por un lado,
recortó controles ambientales en cuestiones críticas como la deforestación,
redujo el presupuesto del Ministerio del Ambiente, cesó a personal clave en las
agencias del ambiente y de conservación de la biodiversidad, maniobró para que
se cancelaran multas a los infractores ambientales, y mucho más.
Por otro lado,
Bolsonaro y su equipo han hostigado repetidamente a los ambientalistas,
indígenas y pequeños campesinos, presentándolos como trabas al progreso,
potenciales criminales e incluso como responsables de los incendios. Tan sólo
como ejemplo, el 27 de agosto, en la reunión con los gobernadores de los
estados amazónicos, en lugar de analizar la crisis ecológica volvió a quejarse
de que los indígenas ya tienen demasiadas tierras y anunció que no aprobará
nuevas áreas protegidas.
Bolsonaro tampoco
duda en repeler las críticas diciendo que son parte de un complot del exterior
para quedarse con la Amazonia brasileña. Esa retórica tiene antecedentes desde
por lo menos la década de 1970, cuando el gobierno militar se oponía a las
primeras negociaciones internacionales ambientales. Bolsonaro revive parte de
ese vocabulario, viene colocando a militares en puestos afectados a la gestión
ambiental y ha dado señales de resucitar un programa de control militar en las
fronteras amazónicas. Bajo esas condiciones, no puede sorprender que recibiera
cierto respaldo de otro gobierno muy conservador, el de Ivan Duque en Colombia.
Este también ha presentado un nuevo plan de desarrollo en el que la gestión
ambiental pasa a ser parte de la estrategia de seguridad del Estado.
La geopolítica amazónica
La condición
internacional de la Amazonia volvió al primer plano con la reacción
internacional ante los incendios. Una circunstancia que aprovechó Emmanuel
Macron, en la que hay poco de ambientalismo y mucho de oportunismo comercial y
político. Pero el problema es que, por lo menos desde la década de 1980, los
gobiernos brasileños por un lado insisten en el control soberano sobre su
Amazonia, pero al mismo tiempo repiten que no tienen dinero para protegerla y
reclaman ayudas a los países industrializados. Desde allí se construyeron
diversos mecanismos, financiados especialmente por Europa.
Por ejemplo, en 1992
se inició el Programa Piloto de Protección de los Bosques Tropicales del G7
(Ppg7), que funcionó hasta 2009, con un presupuesto de más de 460 millones de
dólares. Cuando se hacía lobby por esos dineros, desde Brasil se insistía en
que la Amazonia era un ecosistema único en el planeta y que los países ricos
debían colaborar a protegerlo. También se alentó una visión deformada, como si
sólo existiera Amazonia en Brasil, dejando en segundo plano a los otros países
que comparten la cuenca. De ese modo, las propias autoridades brasileñas
durante al menos 30 años han contribuido a ese entrevero que ha oscilado entre
una Amazonia “solo mía” a otra que sería “de toda la humanidad”.
La actual crisis ha
expuesto en toda su crudeza las tensiones entre la soberanía nacional y las
responsabilidades ecológicas, no sólo hacia adentro de un país, sino con sus
vecinos y con la salud ecológica planetaria.
La cenizas ideológicas
El problema se vuelve
más complejo cuando se entiende que las quemas y la crisis ambiental se repiten
en las naciones vecinas. No sorprende que ocurra con gobiernos conservadores
como los de Colombia, Perú y Paraguay. Más difícil se vuelve asumir que en
Bolivia, desde posturas ideológicas que se presentan como opuestas, también se
han debilitado los controles ambientales, se perdonaron las faltas a los
deforestadores y se alienta el avance del agronegocio.
El gobierno de Evo
Morales cita a la Pachamama, pero sus acciones concretas han sido las de
promover la explotación minera, petrolera y agropecuaria, y por ello enfrenta
un desastre ecológico similar. Así como Bolsonaro ataca a los ambientalistas,
la administración de Morales se burla de ellos, los hostiga y ha amenazado con
expulsarlos del país.
En los progresismos, la retórica se nutre de otros argumentos. Por ejemplo, el vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, cita a Marx y a Lenin, pero también sostiene que la protección de la naturaleza es un invento del norte y por eso no deberían ser guardabosques de nadie. Tuvieron éxito en esa promesa: no cuidaron los bosques y ahora se están incendiando. Y aunque los aderezos de sus discursos son opuestos a los de Bolsonaro, las similitudes en sus esencias dejan un gusto muy amargo.
Por todo esto, cuando
se leen los titulares de la prensa en Madrid, Londres o París, siempre queda
esa sensación de que realmente no están entendiendo lo que ocurre aquí en el sur.
Es más sencillo atacar a Bolsonaro, en tanto es machista, racista, violento y
autoritario, pero es más dificultoso asumir las serias contradicciones en otras
tiendas políticas. Nos cuesta entender que estamos ante una crisis ecológica de
escala continental y que ella también expresa el agotamiento de las ideologías
políticas herederas de la Europa ilustrada. Las viejas políticas, todas ellas,
han caducado. La cuestión es comprenderlo para construir alternativas antes de
que se queme el último árbol.
* Miembro del Centro Latino
Americano de Ecología Social. https://ctxt.es/es/20190828/

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