La fiebre del oro arrasa la Amazonia venezolana/ El País 03-09-2019
El furor por el metal precioso, estimulado por Nicolás
Maduro, en una región controlada por mafias, sindicatos y grupos guerrilleros
deja un saldo de deforestación y violencia.
Caracas 3 SEP 2019 - 19:07 CEST
En
el norte del Amazonas arde otro incendio desde hace años. La minería ilegal se
ha disparado en Venezuela en la última década y en mayor proporción desde la
firma en 2016 del decreto del Arco Minero del Orinoco, por parte del régimen
de Nicolás Maduro, que abrió la extracción de oro y otros minerales con
concesiones a empresas extranjeras y nacionales, con la intención —fallida— de
regularizar la minería ilegal, un mal endémico en el sur del país.
El 85% de los puntos de minería ilegal que hay en ese
pulmón, que mantuvo en vilo al mundo desde que se iniciaron los voraces
incendios en Brasil y Bolivia, están en la pequeña porción de la Amazonia
venezolana. "El Arco Minero del Orinoco, que ocupa un 12% del territorio
nacional, es nuestro incendio en el Amazonas", señala el ambientalista
Alejandro Álvarez, de la organización Clima 21. "Lo que se hacía en
pequeña escala, ahora es a gran escala. Y es complejo medirlo con satélites
pues debes interpretar qué está ocurriendo en una zona donde hay nubosidad todo
el año, donde los árboles de 30 metros de altura tapan la minería y las grandes
excavaciones alrededor de todas las cuencas de Guayana y donde se está usando
el mercurio para separar el oro de otros minerales, ya presente en todos los
ríos".
La Red
Amazónica de Información Socioambiental Georeferenciada (RAISG) monitorea desde
hace varios años la pérdida de cobertura boscosa de este gran ecosistema
transfronterizo que abarca nueve países. La investigación regional apunta que
para enero de este año se concentraban 1.781 puntos de minería en la porción
venezolana del Amazonas, de 345 kilómetros cuadrados, una superficie que
equivale a dos veces la ciudad de Madrid. Es una superficie que ha venido
creciendo desde 2010, asegura Bibiana Sucre, directora de Provita,
organización que junto a la ONG Watanibe participa en el monitoreo de la RAISG.
Los mapas están disponibles en línea y evidencian que al sur del enorme río
Orinoco hay, literalmente, un campo minado.
Esa
es una de las mayores preocupaciones de los investigadores. La minería ilegal
atomizada y la que ha sido permitida por el Gobierno de Maduro, aunque no hay
información pública sobre la distribución de los yacimientos ni transparencia
sobre los volúmenes de la extracción que, según investigaciones periodísticas
en la zona, en su mayoría se va por los caminos verdes y no llega a las arcas
del Banco Central de Venezuela. Para Álvarez, el cuadro se ha agravado y
salido de control en medio de la profunda crisis política, económica y social
que atraviesa Venezuela.
"Hace
20 años la minería de oro estaba concentrada en el municipio Sifontes del
Estado Bolívar. Por la geología de la región ahí están las vetas de oro más
importantes y ocurría una minería artesanal de muy pequeña escala en la que
estaban involucradas algunas comunidades indígenas. Lo de ahora está
relacionado con dos efectos: el aumento del precio del oro en el mundo —que la
guerra comercial entre EE UU y China estimula— y la debacle económica de
Venezuela, que ha impulsado una minería de supervivencia con una devastación
masiva del ambiente y con violaciones de derechos humanos", dice Álvarez.
"Se
deforesta para que acampen los mineros y en el borde de los ríos, por el tipo
de extracción. Se arrasan entre dos y 10 hectáreas por punto minero. Así se
hace muy difícil hacer una categorización de los mineros, que solo en poquísima
cantidad son artesanales. La mayoría está usando máquinas, motobombas y
mercurio con reportes de población contaminada a través de la bioacumulación de
la sustancia en peces de consumo", señala Vilisa Morón, bióloga y
presidenta de la Sociedad Venezolana de Ecología. "Para tener estos
números de deforestación y esta situación tienes que tener a muchísima gente
haciendo minería y esa es una de las grandes vergüenzas que tenemos al sur del
Orinoco", lamenta.
Sustituto del bolívar
Hay
casi 80 puntos de minería en parques nacionales. Se ven en Canaima, en
Yacapama, en la cabecera del Caura que hasta hace poco era un sitio prístino,
incluso en la Reserva de Biosfera Alto Orinoco-Casiquiare, un tepuy a 1.300
metros de altura, denuncia Morón. El oro, junto con el dólar, ha sustituido al
devaluado bolívar como moneda en la economía del sur de Venezuela, donde se
puede pagar con gramas de oro —pepitas del mineral— ropa, zapatos y teléfonos
móviles en cualquier tienda. Esta semana un gramo de oro se cotizaba entre el
equivalente a 27 y 36 euros, treinta o cuarenta veces el salario mínimo.
"Todos
los países que conforman la panamazonía son responsables de esta zona, donde
viven 30 millones de personas. Ni siquiera hay que pensar en el efecto a largo
plazo, porque el problema es hoy", señala Álvarez. "Hay un montón de
personas que está sufriendo las consecuencias de la falta de controles y
políticas ambientales equivocadas promovidas tanto por populismos de derecha
como de izquierda. La cantidad de millones de dólares que salen de ahí no
compensan lo que va a costar esto en salud y en muertes. Apostar a largo plazo
a la minería es insostenible porque en los ecosistemas amazónicos los costos de
recuperación son enormes. Y Venezuela ya no es la de 1999, ahora es un país
pobre".
En
las leyes venezolanas está totalmente prohibida la minería en el Estado
Amazonas. Tampoco está permitido en los parques nacionales y áreas protegidas y
ya se da en todos. Fuera de la zona donde están las grandes vetas, el mineral
se encuentra en pequeñas cantidades y su extracción implica la remoción de
grandes extensiones de terreno para poder sacar el botín, con consecuencias
ambientales más devastadoras. El furor del oro ha hecho que Venezuela sea el
único país en la región que aumentó su tasa de deforestación entre 2000 y 2015,
según las mediciones de RAISG cada cinco años.
En
esos 15 años se perdieron 5.265 kilómetros cuadrados de bosque en la Amazonia
venezolana de los siete millones del ecosistema. Esta pérdida de cobertura
boscosa fue incrementándose cada quinquenio: el 17% de la deforestación ocurrió
entre los años 2000 y 2005; el 29,4% entre 2006 y 2010; y en el siguiente
quinquenio se registró el 53,6% de la pérdida de cobertura boscosa.
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