...ESTOY ATERRADO/ James Dyke, TheConversation
“Hemos creado una civilización
totalmente decidida a destruirse a sí misma, estoy aterrado”, escribe un
científico de la Tierra.
El café sabía mal. Agrio y con un
olor dulce y pegajoso. La clase de café que resulta de llenar demasiado el
filtro de la máquina y luego dejarlo recociéndose al calor durante varias
horas. La clase de café que yo bebía continuamente durante el día para mantener
funcionando los engranajes que me quedan en la cabeza.
Los olores están poderosamente
asociados a los recuerdos. Y así es que el olor a café malo se ha entrelazado
con el recuerdo del momento en el que de repente comprendí que nos estamos
enfrentando a la ruina total.
Fue en la primavera de 2011, y había
conseguido acorralar a un miembro de alto rango del Grupo Intergubernamental de
Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) durante el descanso de un taller. El
IPCC se creó en 1988 como respuesta a la creciente preocupación sobre como los
cambios observados en el clima de la Tierra estaban causados en su mayor parte
por los humanos
El IPCC revisa las grandes
cantidades de ciencia que se generan sobre el cambio climático y emite informes
de evaluación cada cuatro años. Teniendo en cuenta el efecto que las
conclusiones del IPCC tienen en la política y en la industria, su presentación
y comunicación se hacen con un enorme cuidado. Así que no esperaba mucho cuando
le pregunté directamente qué grado de calentamiento creía él que íbamos a
alcanzar antes de que fuésemos capaces de hacer los recortes necesarios en las
emisiones de gases de efecto invernadero.
“Oh, creo que nos dirigimos hacia un
calentamiento de 3ºC por lo menos” dijo.
“Ah, sí, pero nos dirigimos,”
contesté: “No llegaremos a los 3ºC, ¿verdad?” (Porque sea lo que sea que
pienses del umbral de 2ºC que separa un cambio climático “seguro” de uno
“peligroso”, 3ºC es muchísimo más de lo que gran parte del mundo podría
soportar)
“No es así,” contestó
Eso no era una evasiva, sino su
mejor valoración de dónde terminaremos después de todas las disputas políticas,
económicas y sociales.
“Pero, ¿qué pasa con los muchos
millones de personas que están amenazadas directamente?,” continué. “¿Aquellas
que viven en naciones a nivel del mar, los agricultores afectados por los
cambios de tiempo abruptos, los niños expuestos a nuevas enfermedades?”
Suspiró, se quedó en silencio unos
segundos, y una sonrisa triste y resignada se dibujó en su cara. Entonces dijo
simplemente: “Morirán.”
Ese episodio marcó un antes y un
después en mi carrera académica. En ese momento, era un profesor numerario
nuevo en el área de sistemas complejos y ciencias del sistema terrestre.
Anteriormente había trabajado como investigador en un proyecto internacional de
astrobiología con sede en Alemania.
En muchos aspectos, ese había sido
el trabajo de mis sueños. Cuando era joven, me tumbaba en la hierba en las
noches despejadas de verano y miraba a uno de los puntos del cielo nocturno y
me preguntaba si alrededor de esa estrella orbitaba un planeta con seres que
podrían mirar desde la superficie de su mundo, y de manera similar preguntarse
sobre las posibilidades de encontrar vida dentro de este sistema solar común y
corriente al que llamamos casa en el universo. Años más tarde, mi investigación
implica pensar en cómo la vida de la superficie puede afectar a la atmosfera, a
los océanos e incluso a las rocas del planeta en la que habita.
Ese es ciertamente el caso con la
vida en la Tierra. A una escala mundial, el aire que respiramos contiene
oxígeno principalmente como resultado de la vida fotosintética, mientras que
los acantilados blancos de Dover, para algunos una parte importante de la
identidad nacional en Gran Bretaña, están compuestos de incontables organismos
marinos minúsculos que vivieron hace más de 70 millones de años.
Así que no había más que un paso
entre pensar como la vida ha alterado radicalmente la Tierra durante miles de
millones de años y mi nuevo estudio que analiza como una especie en particular
ha provocado cambios importantes durante los últimos siglos. Sin tener en
cuenta otros atributos que el Homo sapiens pueda tener, nuestros pulgares
oponibles, postura erguida y grandes cerebros; nuestra capacidad de afectar el
medioambiente en todos los aspectos puede que quizá no tenga precedentes en
toda la historia de la vida. Cuando menos, los humanos somos capaces de
preparar un lio tremendo.
Cambio a lo largo de una vida
Nací a principios de los años 70.
Desde entonces, el número de personas que habita la tierra se ha duplicado
mientras que el número de poblaciones de animales salvajes ha caído un 60%. La
humanidad ha lanzado una bola de demolición contra la biosfera. Hemos cortado
más de la mitad de selvas del mundo y para mitad de siglo no quedará mucho más
que un cuarto. Esto ha ido acompañado de una pérdida masiva de biodiversidad,
tal es así, que la biosfera puede estar entrando en uno de los grandes eventos
de extinción masiva de la historia de la vida en la Tierra.
Lo que hace que esto sea mucho más
preocupante es que estos impactos todavía no se han visto muy afectados por el
cambio climático. El cambio climático es el fantasma de los impactos futuros.
Tiene el potencial de intensificar a niveles incluso mayores lo que hemos hecho
los humanos. Existen evaluaciones fiables que concluyen que una de cada seis
especies está amenazada de extinción si continúa el cambio climático.
La comunidad científica lleva dando
la voz de alarma sobre el cambio climático durante décadas. La respuesta
política y económica ha sido, en el mejor de los casos, indolente. Sabemos que
para evitar los peores efectos del cambio climático necesitamos reducir las
emisiones rápidamente, ahora.
El repentino aumento de cobertura
sobre el cambio climático en los medios de comunicación, como resultado de las
acciones de ExtinctionRebellion y de la pionera de las huelgas escolares por el
clima Greta Thunburg, demuestran que hay un amplio segmento de la sociedad que
está despertando a la necesidad de acciones urgentes. ¿Por qué se ha tenido que
llegar a ocupar la Plaza del Parlamento en Londres o a que niños por todo el
mundo salgan de las escuelas para conseguir que se escuche este mensaje?
Hay otra manera de considerar como
hemos estado reaccionando al cambio climático y a otros retos medioambientales.
Es emocionante y terrorífico a la vez. Es emocionante porque ofrece una nueva
perspectiva de cómo podríamos evitar la inacción. Terrorífico porque, si no
tenemos cuidado, podría llevarnos a la resignación y al parálisis.
Porqué una explicación a nuestro
fracaso colectivo contra el cambio climático es que dicha acción colectiva sea
quizá imposible. No es que no queramos cambiar, es que no podemos. Estamos
encerrados en un sistema a escala planetaria que aunque esté construido por
humanos, esta mayormente fuera de nuestro control. Este sistema se denomina la
tecnosfera.
Término acuñado por el geocientífico
estadounidense PerterHaff en 2014, la tecnosfera es el sistema formado por
individuos humanos, sociedades humanas, y cosas. Desde el punto de vista de las
cosas, los humanos hemos producido 30 billones de toneladas métricas de cosas.
Desde rascacielos a CDs, desde fuentes a juegos de fondue. Gran parte son
infraestructuras, como carreteras y ferrocarril, que conectan a los humanos
entre ellos.
Junto con el transporte físico de
los humanos y los bienes que consumen, esta la transferencia de información
entre los humanos y sus máquinas. Primero a través de la palabra, luego en
pergamino y en documentos de papel, luego en ondas de radio convertidas en
sonido e imágenes y más tarde la información digital enviada por internet.
Estas redes facilitan la creación de comunidades humanas. Desde las bandas
errantes de cazadores-recolectores y pequeñas tribus agrícolas, hasta los
habitantes de una mega ciudad que aglutina a más de 10 millones de habitantes,
el Homo sapiens es una especie fundamentalmente social.
Tan importante, pero menos tangible,
es la sociedad y la cultura. El reino de las ideas y las creencias, de los
hábitos y las normas. Los humanos hacen muchísimas cosas diferentes porque en
asuntos importantes ven el mundo de maneras diferentes. A menudo se cree que
estas diferencias son la causa de nuestra incapacidad de actuar efectivamente a
nivel mundial. Para empezar, no existe un gobierno mundial.
Pero a pesar de lo diferentes que
podamos ser, la gran mayoría de la humanidad se comporta ahora de maneras
fundamentalmente similares. Sí, todavía hay nómadas que deambulan por las
selvas tropicales, y gitanos marineros errantes. Pero más de la mitad de la
población mundial vive ahora en ambientes urbanos y casi todos están conectados
de alguna manera a actividades industriales. La mayor parte de la humanidad
está fuertemente involucrada en el complejo sistema industrial globalizado que
es la tecnosfera.
Sobre todo, el tamaño, la escala y
el poder de la tecnosfera ha crecido de forma dramática desde la Segunda Guerra
Mundial. Este enorme aumento del número de humanos, de su consumo de energía y
materiales, de la producción de alimentos y del impacto medioambiental se
conoce como la Gran Aceleración.
La tiranía del crecimiento
Parece sensato asumir que la razón
por la que se crean los productos y servicios es para que se puedan comprar y
vender y para que quienes los fabrican puedan tener un beneficio. Por esto es
que el deseo por la innovación, por teléfonos más pequeños y más rápidos por
ejemplo, está motivado por el ser capaz de ganar más dinero vendiendo más
teléfonos. En línea con esto, el escritor medioambientalista George Monbiot
argumento que la causa principal del cambio climático y de otras catástrofes
medioambientales es el capitalismo y como consecuencia, cualquier intento de
reducir las emisiones de gases de efecto invernadero fracasará si permitimos
que el capitalismo continué.
Pero dejando de lado el esfuerzo de
productores individuales, e incluso a la humanidad, permítannos utilizar una
perspectiva completamente diferente, una que trasciende a las críticas al
capitalismo y a otras formas de gobierno.
Los humanos consumen. Primeramente,
debemos comer y beber para mantener nuestro metabolismo y continuar vivos. Más
allá de eso, necesitamos cobijo y protección de los elementos físicos.
También están las cosas que
necesitamos para funcionar en nuestros diferentes trabajos y actividades y para
viajar desde y hasta esos trabajos y actividades. Y después de eso está el
consumo más discrecional: Televisores, consolas de videojuegos, joyas, moda.
El objetivo de los humanos en este
contexto es consumir productos y servicios. Cuanto más consumimos, más
materiales se extraen de la Tierra, más recursos energéticos se consumen, y más
fabricas e infraestructuras se construyen. Y finalmente, más crece la
tecnosfera.
El surgimiento y el desarrollo del capitalismo,
obviamente llevó al crecimiento de la tecnosfera: la aplicación de mercados y
de sistemas legales, permite un aumento del consumo y por ende el crecimiento.
Pero otros sistemas políticos pueden servir al mismo objetivo, con distintos
grados de éxito. Recuerden la producción industrial y la contaminación
ambiental de la antigua Unión Soviética. En el mundo moderno, todo lo que
importa es el crecimiento.
La idea de que el crecimiento está
detrás de nuestra civilización insostenible no es un concepto nuevo. Como es
sabido, Thomas Malthus argumentaba que existían límites al crecimiento de
población humana, mientras que el libro del Club de Roma de 1972, Limites al
Crecimiento (LimitstoGrowth), presentó resultados simulados que apuntaban al
colapso de la civilización mundial.
Hoy en día, las narrativas
alternativas a la agenda del crecimiento están ganando tracción política con un
Grupo Parlamentario de Todos los Partidos convocando reuniones y actividades
que se toman en serio las políticas de decrecimiento. Y frenar el crecimiento
dentro de los límites medioambientales es de suma importancia para la idea de
un Green New Deal, que ahora se está debatiendo con seriedad en EE.UU, Gran
Bretaña y otras naciones.
Si el crecimiento es el problema,
entonces solo tenemos que ponernos a trabajar en ello, ¿no? No será fácil, ya
que el crecimiento está integrado en cada aspecto de la política y la economía.
Pero al menos, podemos imaginarnos como sería una economía de decrecimiento.
Mi miedo, sin embargo, es que no
seremos capaces de frenar el crecimiento de la tecnosfera incluso si lo
intentamos, porque en realidad no lo controlamos.
Límites a la libertad
Puede parecer un sinsentido que los
humanos sean incapaces de realizar cambios importantes en un sistema que ellos
mismos han construido. Pero ¿qué libertad tenemos? En lugar de ser los amos de
nuestro propio destino, puede que tengamos nuestra capacidad de actuar bastante
restringida.
Como las células sanguíneas
individuales fluyendo a través de los capilares, los humanos son parte de un
sistema a escala mundial que cubre todas sus necesidades y del que han llegado
a depender completamente.
Si te montas en el coche para ir a
un lugar en particular, no puedes viajar en línea recta directa a tu destino,
como haría un pájaro. Usarás carreteras que en algunos casos son más antiguas
que tu coche, que tú, o incluso que tu nación. Una parte significativa del
trabajo y del esfuerzo humano está dedicado a mantener este tejido de la
tecnosfera: arreglando carreteras, líneas de ferrocarril, y edificios, por
ejemplo.
En ese sentido, cualquier cambio
debe ser incremental porque debe usar lo que las generaciones actuales y
pasadas han construido. Encauzar a la gente a través de redes de carreteras
parece una forma trivial de demostrar que lo que pasó en el pasado puede
constreñir el presente, pero el camino de la humanidad hacía la
descarbonización no va a ser directo. Debe comenzar desde aquí y, al menos al
principio, usar las rutas de desarrollo existentes.
Esto no tiene la intención de
excusar a los políticos por su falta de ambición, y su cobardía. Pero indica
que hay razones más profundas por las que las emisiones de carbono no están
disminuyendo incluso cuando parece que hay noticias cada vez más halagüeñas
sobre alternativas a los combustibles fósiles.
Piénsalo: a escala mundial, hemos
sido testigos de un rápido desarrollo en la generación de energía solar, eólica
y otras fuentes de energía renovable. Pero las emisiones de gases de efecto
invernadero continúan subiendo. Esto es porque las renovables promueven
crecimiento, simplemente representan otra manera de extraer energía, en lugar
de reemplazar una existente.
La relación entre el tamaño de la
economía mundial y las emisiones de carbono es tan fuerte que el físico estadounidense
Tim Garret ha propuesto una formula muy simple que une ambos conceptos con una
exactitud asombrosa. Utilizando este método, un científico atmosférico puede
predecir el tamaño de la economía mundial durante los últimos 60 años con una
precisión enorme.
Pero correlación no implica
necesariamente causalidad. Que haya habido una relación estrecha entre el
crecimiento económico y las emisiones de carbono no significa que ha de
continuar indefinidamente. La explicación tentadoramente simple de esta relación
es que la tecnosfera puede verse como un motor: uno que funciona para hacer
coches, carreteras, ropa, y cosas, incluso personas, usando la energía
disponible.
La tecnosfera todavía tiene acceso a
suministros abundantes de combustibles fósiles de alta densidad energética. Y
por tanto, la separación absoluta entre las emisiones mundiales de carbono y el
crecimiento económico no tendrá lugar hasta que estos no se acaben, o hasta que
la tecnosfera haga finalmente la transición a una generación de energía alternativa.
Eso bien puede quedar pasada la zona de peligro para los humanos.
Una conclusión repugnante
Acabamos de empezar a apreciar que
nuestra influencia en el sistema terrestre es tan grande que posiblemente
hayamos dado lugar a una época geológica nueva: el Antropoceno. Las rocas de la
tierra serán testigos del impacto de los humanos mucho después de que
desaparezcamos. La tecnosfera puede considerarse el motor del Antropoceno. Pero
eso no significa que lo estemos impulsando. Puede que hayamos creado este
sistema, pero no está construido para nuestro beneficio común. Esto va
totalmente en contra de como vemos nuestra relación con el sistema terrestre.
Consideremos el concepto de límites
planetarios, que ha generado mucho interés científico, económico y político.
Esta idea describe al desarrollo humano impactando en nueve límites
planetarios, que incluyen el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la
acidificación de los mares. Si traspasamos estos límites, el sistema terrestre
cambiara en maneras que harán que sea muy difícil, sino imposible, que se
mantenga la civilización humana. El valor de la biosfera aquí, por ejemplo, es
que nos suministra bienes y servicios. Esto es, lo que literalmente podemos
obtener del sistema.
Este mismo enfoque centrado en el
individuo debería llevar a un desarrollo más sostenible. Debería restringir el
crecimiento. Pero el sistema tecnológico mundial que hemos construido es hábil
esquivando esas restricciones. Usa la ingenuidad humana para construir nuevas
tecnologías, como la geoingeniería, para reducir la temperatura de la
superficie. Eso no detendrá la acidificación de los mares y podría causar el
colapso potencial de los ecosistemas marinos. No importa. La limitación
climática se habrá evitado y la tecnosfera podrá ponerse a trabajar para
superar cualquier efecto secundario de la pérdida de biodiversidad. ¿Se agotan
las reservas de pescado? Cambiamos a la piscicultura o al cultivo intensivo de
algas.
Como hemos explicado hasta ahora, no
hay nada que evite que la tecnosfera liquide la mayor parte de la biosfera de
la tierra para satisfacer su crecimiento. Mientras haya bienes y servicios que
consumir, la tecnosfera podrá seguir creciendo.
Y así que puede que tanto aquellos
que temen el colapso de la civilización como aquellos que tienen una fe
permanente en que la innovación humana será capaz de solucionar todos los
problemas de sostenibilidad, estén equivocados.
Después de todo, una población mucho
más pequeña y mucho más rica, del orden de cientos de millones, podría consumir
más que la actual población de 7,6 miles de millones o la población estimada de
nueve mil millones para mitad de siglo. Aunque habrá disturbios generalizados,
la tecnosfera puede que sea capaz de capear un cambio climático más allá de los
3ºC. No le importa, no le puede importar, que miles de millones de personas
hayan muerto.
Y en algún momento del futuro, la
tecnosfera podría incluso funcionar sin humanos. Nos preocupa que los robots
nos quiten el trabajo. Quizá debería preocuparnos más que nos quiten el papel
de consumidores alfa.
Plan de escape
La situación puede parecer bastante
desesperada. Sea mi argumento una representación acertada o no de nuestra
civilización, existe el riesgo de que se produzca una profecía autocumplida.
Porque si creemos que no podemos ralentizar el crecimiento de la tecnosfera,
¿para qué vamos a preocuparnos?
Esto lleva la cuestión de “¿qué
puedo hacer yo?” a la de “¿qué puede hacer nadie?” Mientras que volar menos,
comer menos carne y productos lácteos e ir en bici a trabajar son iniciativas
loables, no suponen vivir fuera de la tecnosfera.
No es que demos un consentimiento
tácito a la tecnosfera al usar sus carreteras, ordenadores o alimentos
cultivados de manera intensiva. Es que al ser miembros productivos de la sociedad,
al ganar y gastar, y sobre todo al consumir, estamos ayudando a su crecimiento.
Quizá la mejor manera de evitar el
fatalismo y el desastre sea la aceptación de que los humanos no controlamos
realmente nuestro planeta. Este sería un paso vital que podría darnos una
perspectiva más amplia que no solo incluya a los humanos.
Por ejemplo, la actitud económica
generalizada hacia los árboles, las ranas, las montañas y los lagos es que
solamente tienen valor si nos proporcionan algo. Esta visión los clasifica como
meras materias primas para explotar y depósitos para desechos.
¿Y si pensásemos en ellos como
componentes o incluso como nuestros compañeros en el complejo sistema
terrestre? Las cuestiones sobre desarrollo sostenible se transforman en
cuestiones sobre como el crecimiento de la tecnosfera puede acomodar sus
problemas, intereses y bienestar además de los nuestros.
Esto puede generar cuestiones que
parecen absurdas. ¿Cuáles son los problemas o intereses de una montaña? ¿Los de
una pulga? Pero si continuamos enmarcando la situación en términos de “nosotros
contra ellos”, del bienestar humano por encima de todo en el sistema terrestre,
entonces puede que estemos amputando la mejor manera de protección contra una
tecnosfera peligrosamente incontrolada.
Así que la protección más efectiva
contra el colapso del clima puede que no sean las soluciones tecnológicas, sino
volver a imaginar de una manera más fundamental lo que supone vivir bien en
este planeta en particular. Puede que estemos gravemente restringidos en
nuestra capacidad de cambiar y refundir la tecnosfera, pero deberíamos ser
libres para concebir futuros alternativos. Hasta ahora nuestra respuesta al
reto del cambio climático muestra un fallo fundamental en nuestra imaginación
colectiva.
Para entender que estas en una
cárcel, antes debes de ser capaz de ver los barrotes. Que esta cárcel fue
creada por humanos durante muchas generaciones no cambia el resultado de que
actualmente estamos estrechamente ligados a un sistema que podría, si no actuamos,
llevarnos a la pobreza e incluso a la muerte de miles de millones de personas.
Hace ocho años, desperté a la
posibilidad real de que la humanidad se esté enfrentando al desastre. Todavía
puedo oler el café malo, todavía puedo recordar mi intento desesperado de
encontrar sentido a las palabras que estaba escuchando. Aceptar la realidad de
la tecnosfera no significa rendirse, o volver a nuestras celdas con
resignación. Significa conseguir una nueva pieza vital del mapa y planear
nuestro escape.
James Dyke, profesor asociado en
Sistemas Globales, Universidad de Exeter, para TheConversation

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